«De niña, no tenía palabras para expresar lo que sentía y percibía. Mi mente corría hacia delante, observaba detalles que nadie parecía notar, y mi corazón absorbía cada matiz del mundo que me rodeaba.
Crecía junto a otros niños y adultos que, sin malicia, no tenían herramientas para comprender esa diferencia. Mi curiosidad, las preguntas imposibles y el entusiasmo por cosas aparentemente ‘pequeñas’, a menudo se quedaban sin respuesta.
Era como vivir en un mundo sin espejos, donde nadie te entiende, donde no sabes si lo que sientes es real o si te lo estás inventando. Nadie te da confirmación, nadie te ve tal como eres y empiezas a creer que hay algo que está mal en ti.
Así, con el tiempo, aprendí a no molestar, a hacerme pequeña, a fingir que no pensaba demasiado, que no sufría tanto, que no soñaba tan alto… Era supervivencia, la estrategia necesaria para tener espacio siquiera para respirar.»
— Página 47
«Cuando supe, décadas después, que era una mujer dotada, una cebra, lloré… Pero no de alegría. Lloré por la niña que fui, por lo sola que se sintió y por el vacío de sentirse incomprendida…
Lo que más me dolió no fue saberlo tarde, sino haber pensado toda la vida que el problema era yo: que era un caballo defectuoso, cuando en realidad siempre había sido una cebra perfectamente sana.»
El viaje para dejar de disculparte por tu intensidad no ha hecho más que empezar.
Este es solo el principio del Capítulo 6. El libro entero es así — honesto, directo, sin condescendencia.
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