«No necesito amigos que me enseñen a ser menos intensa. Necesito amigos con los que mi intensidad pueda descansar.»

Hay una frase que llevo días dando vueltas en la cabeza, desde una conversación con una amiga:

Mis amigos saben que soy intensa. Yo sé que ellos también lo son. Y nunca hemos intentado curarnos los unos a los otros.

No sé si existe una definición mejor de amistad que esa.

Aguantar no es lo mismo que acoger

Durante mucho tiempo pensé que tener buenos amigos significaba encontrar personas capaces de tolerarme. Gente con paciencia suficiente para mis entusiasmos desmedidos, mis silencios largos, mis preguntas que nadie más se hace, mi manera de sentirlo todo con un volumen que a veces incomoda. «Me aguantan», pensaba, agradecida, como si fuera un favor que me hacían.

Pero aguantar y acoger no son la misma cosa, aunque desde fuera puedan parecerlo. Aguantar implica soportar algo a pesar de. Acoger implica recibir algo precisamente por.

Con mis amigos cebra no hay ese «a pesar de». Los llamo así porque con ellos puedo dejar de traducirme, no porque todos tengamos exactamente el mismo cerebro, la misma intensidad o la misma historia. Significa que existe un reconocimiento que no necesita demasiadas explicaciones.

Nadie intenta normalizar a nadie. Sabemos que somos intensos, cada uno a su manera, y en vez de limar esos bordes para que resulte más cómodo estar juntos, los dejamos ahí, tal cual son. No porque no cueste nada, a veces cuesta, sino porque ninguno espera del otro que se corrija para encajar mejor.

Quizá no necesitamos personas que nos soporten. Necesitamos personas ante las que no tengamos que pedir perdón por existir exactamente como somos.

La historia que nos contaron sobre nosotras mismas

Casi todas hemos crecido escuchando una versión concreta de quiénes somos, contada por otros: eres demasiado. Eres sensible. Exageras. Tienes demasiado carácter. Piensas demasiado. Te complicas.

Y durante años esa versión se convierte en la única disponible, hasta que un día, por algún motivo, aparece otra pregunta, mucho más incómoda que la anterior: ¿y si no estaba rota? ¿Y si simplemente estaba intentando funcionar en un lugar que no sabía leerme?

Estos días estoy viendo La vida mentirosa de los adultos, la serie basada en la novela de Elena Ferrante. Y hubo algo que me atrapó especialmente: esa sensación de descubrir que la historia que te contaron sobre ti misma quizá no era toda la historia.

No hace falta haber leído el libro exacto ni ver la serie exacta para reconocer esa sensación: la de crecer con una etiqueta puesta por otros, y tardar años en preguntarte si esa etiqueta te la merecías de verdad, o si simplemente era la única explicación que la gente a tu alrededor tenía a mano.

Lo que cambia cuando encuentras a las tuyas

Las amistades cebra no te devuelven una versión corregida de ti misma. Te devuelven una versión que reconoces.

No tienes que llegar más pequeña.

No tienes que medir cada palabra.

No tienes que preguntarte después de cada conversación si has dicho demasiado.

Puedes aparecer.

Entera.

Hay quien solo sabe quererte cuando estás cayendo, cuando eres pequeña, manejable, necesitada. Y luego está esta otra gente, la de verdad, que se queda exactamente igual cuando por fin empiezas a volar.

Y ahora lo sé: no necesito amigos que me enseñen a ser menos intensa. Necesito amigos con los que mi intensidad pueda descansar.

Es una frase corta, pero cambia todo el planteamiento. No busco gente que me arregle. Busco gente delante de la cual no tenga nada que arreglar.

Lo que te dejo

Si tienes una persona así, cuídala.

No porque te soporte.

Sino porque te ha visto entera y no ha sentido la necesidad de reducirte.

Y si todavía no la tienes, no pienses que hay algo malo en ti.

Quizá simplemente todavía no os habéis encontrado.

¿Y tú?

¿Tienes a alguien con quien tu intensidad puede simplemente descansar, sin tener que explicarse?

Cuéntamelo. Me encantará saber que no soy la única. 🦓

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