El vértigo de ser yo

Hay días en los que el mundo me parece de repente demasiado pequeño.

No es tristeza. No es depresión. Es una sensación mucho más sutil y difícil de nombrar: la de habitar una mente que avanza a un ritmo diferente, mientras todo alrededor parece moverse en otra frecuencia.

Cuando sucede, la distancia entre lo que soy y lo que el mundo parece poder acoger se vuelve tan evidente que me hace sentir encima una extraña forma de locura.

La llamo así porque, durante años, no encontré una palabra mejor. Y sin embargo sé que no es locura. Es la sensación de vivir constantemente un paso más allá de lo que logro compartir, como si una parte de mí estuviera siempre intentando traducir pensamientos, intuiciones y conexiones a un idioma comprensible para los demás.

A veces me pregunto qué habría pasado si no hubiera desarrollado, desde niña, una extraordinaria capacidad de adaptación. Si no hubiera aprendido a observar, a modular el lenguaje, a reducir la intensidad, a hacerme comprensible. Probablemente habría crecido con la convicción de estar, simplemente, equivocada.

Y esta es quizá la parte más difícil de explicar: la sensación no desaparece ni siquiera cuando encuentro personas que comparten mi neurodivergencia. Al contrario, justo ahí emerge un matiz que durante mucho tiempo no logré comprender.

Me siento profundamente en casa, pero nunca del todo.

Como si hubiera encontrado por fin mi idioma, aunque sigo hablándolo con un acento que me pertenece solo a mí.

Durante años esta sensación me hizo creer que había algo defectuoso en mi forma de ser. Buscaba continuamente el lugar en el que dejaría de sentirme una extraña, convencida de que, tarde o temprano, encontraría personas perfectamente iguales a mí.

Hoy ya no estoy tan segura de ello.

Quizá algunas personas no están destinadas a encontrar una casa ya construida. Quizá están llamadas a construirla.

En los últimos tiempos ha pasado algo que no habría creído posible. He empezado a hablar con mayor libertad, sin sentir la necesidad de reducir lo que pienso para resultar más aceptable. He descubierto que puedo ser directa sin ser dura, auténtica sin ser arrogante, y que mi voz no necesita pedir permiso para existir.

Cada vez que dejo de hacerme pequeña ocurre algo sorprendente.

Me siento viva.

Quizá sea exactamente este el vértigo de ser yo: no el miedo a ser diferente, sino la conciencia de lo agotador y, al mismo tiempo, maravilloso que es habitar hasta el fondo la propia autenticidad.

Quizá seguiré sintiéndome, a veces, una extranjera. Pero ya no vivo esta sensación como una condena. La considero una invitación a buscar, a crear y a construir lugares en los que también otras mentes inquietas puedan reconocerse.

Y quizá sea esto lo que, en el fondo, siempre he buscado.

No a alguien idéntico a mí.

Sino un espacio lo bastante grande como para permitirme ser, simplemente, yo misma.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *