«Cuando dejas de esconderte o de camuflarte, encuentras al amigo adecuado para ti.»

El otro día llevé a mi hija a ver Toy Story 5. Desde siempre ha sido mi película de animación favorita, y cada nuevo capítulo logra conmoverme como la primera vez. Esta vez, sin embargo, me sacudió por un motivo diferente.

En la historia, los niños empiezan a abandonar los juguetes para volcarse en las tablets, y con ellos se desvanece algo que no es solo el juego en sí: es la imaginación, la fantasía, la forma tan personal de estar en el mundo.

Bonnie, la niña protagonista, que es creativa y lleva mundos enteros dentro de su cabeza, siente la presión de dejar a un lado su manera de jugar para poder ser aceptada por sus amigas. Y con esa renuncia, empieza a perder también su sonrisa.

Es Jessie, uno de sus juguetes preferidos (y, por cierto, un personaje femenino 😉 ), quien intuye lo que está sucediendo y la ayuda a encontrar a alguien que se parezca de verdad a ella: una niña que no se avergüenza de cómo juega, que se mantiene fiel a su propia imaginación, y que le hace comprender que su manera de jugar no está mal. Simplemente, es mucho más divertida que una pantalla.

Salí del cine con lágrimas en los ojos y con una frase dándome vueltas en la cabeza, una frase que luego le dije a mi hija intentando explicarle qué me había conmovido tanto:

Cuando dejas de esconderte o de mimetizarte, encuentras al amigo adecuado para ti.

La tablet no es el verdadero problema

No pretendo iniciar una cruzada contra la tecnología. No se trata de eso. La tablet, en la película, es solo el símbolo de algo mucho más profundo.

Representa una forma de estar juntos en la que todos hacen lo mismo, al mismo tiempo. No hay necesidad de inventar, imaginar, negociar las reglas de un juego ni contar una historia. Basta con mirar la misma pantalla.

El riesgo no es el dispositivo en sí, sino lo que puede suceder cuando se convierte en la única manera de compartir el tiempo con los demás. Si para pertenecer hay que renunciar a la fantasía, a la curiosidad o a la propia forma de jugar, el precio corre el riesgo de ser demasiado alto.

Es aquí donde muchos niños con altas capacidades empiezan, sin siquiera darse cuenta, a arrinconar una parte de sí mismos.

Muchos niños con AACC no juegan simplemente de manera diferente: construyen universos. Transforman un palo de madera en una máquina del tiempo, una caja en un laboratorio secreto y un muñeco en un personaje con una historia de cien páginas. Aman los juegos simbólicos, las conversaciones improbables, los experimentos, las preguntas infinitas y todo aquello que permita a su imaginación expandirse.

Cuando se encuentran en un grupo donde el juego es igual para todos y el espacio para la fantasía se reduce, a menudo no dejan de imaginar. Dejan de mostrarlo.

Y este, quizás, es el mayor peligro. No que un niño use una tablet, sino que aprenda a creer que su forma espontánea de jugar es algo que debe ocultar para poder ser aceptado.

Así, al igual que Bonnie, muchos aprenden a guardar bajo llave su manera de jugar. No porque ya no les divierta, sino porque han comprendido que conservarla los vuelve más solitarios.

Cuando esto ocurre, no pierden únicamente un juego. Pierden un refugio donde poder ser por completo ellos mismos.

La señal que no podemos ignorar

Si tu hijo, que antes inventaba historias, construía mundos y se perdía durante horas en un juego enteramente suyo, empieza de repente a desear únicamente lo que quieren los demás, sin rastro de entusiasmo y con una sonrisa que se apaga poco a poco: ten por seguro que eso no significa «crecer». Es el mismo movimiento que vivió Bonnie. Es masking (enmascaramiento), y ha comenzado mucho antes de lo que imaginamos.

No es fácil de detectar desde fuera, porque parece simplemente un niño que se adapta, que se integra y que «por fin juega como los demás». Pero si esa adaptación llega de la mano de menos alegría, menos curiosidad y menos luz en la mirada, vale la pena detenerse a observar más de cerca.

Un niño que deja de ser «raro» para ser aceptado, a menudo deja también de ser él mismo.

¿Qué puede hacer una madre?

La tarea no consiste en convencer a tu hijo de que está bien ser diferente. Con palabras no basta.

Tu papel es demostrarle con hechos que su manera tan particular de jugar, pensar y entusiasmarse tiene tanto valor como la de cualquier otra persona. Que no tiene que elegir entre ser fiel a sí mismo y ser amado.

Y luego está la otra parte, tal vez la más crucial: ayudarle a tener oportunidades reales de encontrarse con quienes se parezcan a él. No tiene por qué ser necesariamente otro niño con altas capacidades. Basta con alguien que no lo juzgue por su intensidad, alguien que encuentre interesante, en lugar de extraño, su modo de contemplar las cosas.

Al igual que Bonnie con su nueva amiga, a veces basta una sola persona que no te exija mimetizarte para volver a respirar.

El milagro de Toy Story

Te cuento por qué esta película, para mí, no se quedó solo en una historia bonita que vimos en el cine.

Mi hija Maya, desde muy pequeña, sentía vergüenza al hablar con sus muñecos. Su padre y yo siempre les habíamos puesto voces a sus juguetes, desde que era un bebé, precisamente para nutrir su fantasía. Pero al ir creciendo, ella lo dejó de hacer. Al igual que Bonnie, había aprendido a esconder esa parte de sí misma, quizás temiendo que fuera «de bebés» o demasiado «rara».

Aquella tarde, al salir de la sala de cine, ocurrió algo que no me esperaba.

Toy Story 5 le otorgó, en cierto modo, el permiso que tanto le faltaba. Volvió a casa y buscó con desesperación a Jessie y a los otros personajes de la película que le había comprado hacía tiempo. Comenzó a hablar con ellos, a jugar sin rastro de vergüenza, con una sonrisa en el rostro y esos ojos brillantes que yo llevaba tanto tiempo esperando recuperar.

No hizo falta ningún discurso, ni ninguna explicación teórica. Le bastó con ver en la pantalla a una niña idéntica a ella que dejaba de esconderse y que era elegida precisamente por su singularidad. Ese fue el milagro de Toy Story, y quizás también la prueba más hermosa de lo que intento transmitirte en este artículo.

Lo que te dejo

No todos los niños tendrán la suerte de que una película llegue en el instante exacto. Pero cada niño necesita tener la certeza de que su forma de ser no es un defecto que deba corregir para ganarse el derecho a ser aceptado. A menudo es precisamente esa peculiaridad, si no se apaga antes de tiempo, la que lo guiará hacia las personas adecuadas y, en ocasiones, la que lo traerá de vuelta, con una sonrisa, hacia sí mismo.

¿Y tú?

¿Has notado que tu hijo se «apaga» un poco con tal de sentirse uno más del grupo? ¿Qué te ayudó a detectarlo o qué le devolvió la sonrisa? Cuéntamelo en los comentarios.

Este espacio también existe para que nos escuchemos.

Si algo de lo que has leído ha despertado una pregunta dentro de ti, tal vez aquí encuentres otra pieza del puzle…

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