«No es que no te gusten las redes sociales. Es que estás hecha para la profundidad, y ellas están hechas para la velocidad.»
Hoy he limpiado mi perfil de Instagram y he empezado de cero. Lo digo con cierto reparo, teniendo en cuenta que llevo diez años trabajando en marketing digital: debería ser la persona a la que más le gustan las redes y, en cambio, probablemente sea la persona de mi entorno con mayor aversión hacia ellas.
No es pereza, ni tampoco miedo a la tecnología, que conozco demasiado bien. Es algo más preciso: cada vez que abro la app, siento que tengo que traducirme a algo que no soy del todo, solo para lograr decir «yo también existo». Como si tuviera que fingir interés por lo superficial con tal de ser vista.
Un algoritmo no pensado para cómo funcionas tú
No es casualidad que resulte tan agotador. Las plataformas sociales están construidas para premiar lo rápido, lo repetible, lo comprensible en segundo y medio de scroll. Cuantos menos matices haya, mejor logra el algoritmo catalogar, predecir y distribuir.
Una mente con altas capacidades funciona casi al revés. Busca conexiones, no eslóganes. Necesita contexto, no atajos. Ve las excepciones antes que la norma, lo que hace casi imposible condensar un pensamiento real en un texto de dos líneas sin sentir que se está traicionando algo esencial.
No es manía a las redes. Es un desajuste estructural entre cómo funcionas tú y cómo funciona la plataforma.
No es que no te gusten las redes sociales. Es que estás hecha para la profundidad, y ellas están hechas para la velocidad.
Hay que existir
Y aquí llega la parte más incómoda, la que ninguna reflexión teórica resuelve del todo: lo quieras o no, hoy en día no estar equivale, para muchos, a no existir. Da igual cuánto valga lo que haces, lo cuidado que esté tu trabajo o lo profundo que sea lo que tienes que decir: si no lo traduces a un formato que el sistema reconozca, sigue siendo invisible para quien podría necesitarlo.
Es un chantaje sutil, y es normal sentirlo como tal. Pero también es cierto que entre «desaparecer» y «volverse superficial» hay mucho más espacio del que parece cuando estás en pleno scroll infinito.
Limpiar, no traicionar

Por eso hoy, al limpiar el perfil, no estaba aprendiendo a ser más superficial. Estaba decidiendo qué parte de mi profundidad valía la pena traducir y de qué forma.
Traducir no es traicionar. Un pensamiento complejo cabe también en una publicación breve si está destilado en lugar de simplificado. La diferencia entre ambas cosas es enorme: simplificar significa quitar sustancia para que encaje en el espacio disponible. Destilar significa concentrarla, dejando solo lo esencial, sin perder lo que de verdad importa.
No es una renuncia a la baja. Es el mismo trabajo que hago a diario escribiendo para MIOTRAYO: tomar algo profundo y darle una forma que pueda cruzar un feed sin perder su peso específico. Es posible. Cuesta más esfuerzo que publicar una frase efectista, pero se puede hacer.
Lo que te dejo
No tienes que elegir entre ser vista y ser auténtica. Solo tienes que aceptar que traducir tu profundidad a un formato que el mundo digital pueda recibir no es traicionarte: es un ejercicio de traducción, el mismo que probablemente ya haces en mil situaciones de tu vida cada vez que simplificas un pensamiento complejo para alguien que no tiene ganas de seguirte hasta el fondo. La única diferencia es que aquí, si lo haces bien, esa traducción puede llegar a muchas más personas de las que conocerías jamás en persona.
¿Y tú?
¿Tú también tienes esta relación ambivalente con las redes, entre la necesidad de estar y el desgaste de tener que «comprimirte»? Cuéntamelo en los comentarios.
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