«No es una medalla. Es un mapa de un territorio hostil.»

Me diagnosticaron endometriosis a los 37 años, por casualidad. Llevaba toda la vida con dolores que la gente, incluida yo misma durante años, llamaba «cosas de mujeres». El diagnóstico no me curó nada. El dolor sigue estando ahí, exactamente igual que antes de tener un nombre para él. Pero desde que lo tiene, algo cambió: dejé de preguntarme si estaba exagerando. Empecé a tratarme con un poco más de compasión, en vez de la habitual sospecha de estar siendo débil.

Nadie, jamás, me ha dicho: «¿Para qué necesitas ponerte esa etiqueta de la endometriosis?» Nadie ha insinuado que me la puse yo como una medalla para sentirme especial.

Y sin embargo, cuando hablo de las altas capacidades, sí lo escucho. A veces de gente que quiero, que conoce el tema, que incluso se interesa por él de verdad. «No entiendo por qué necesitáis esa etiqueta.» Como si identificarnos fuera un premio que nos colgamos nosotras solas al cuello, en vez de un nombre para algo que ya estaba ahí, funcionando así, desde siempre, sin pedirnos permiso.

El mito de la medalla

Vamos a desmontarlo aquí mismo, porque se lo merece.

Nadie se identifica con altas capacidades para presumir. Te lo dice alguien que ha llorado en una consulta al escuchar por primera vez una explicación que encajaba con treinta y tantos años de sentirse «demasiado» de todo. La identificación tardía no llega acompañada de un trofeo. Llega acompañada de la sensación, bastante incómoda, de haber pasado media vida interpretando mal tu propio funcionamiento, y de la gente que te rodeaba interpretándolo todavía peor.

Formamos, según las cifras que se manejan, alrededor de un 2% de la población. Es decir: el mundo (los horarios, los ritmos de trabajo, las conversaciones de ascensor, la educación, prácticamente todo) está diseñado por y para el otro 98%. Identificarte no cambia el mundo a tu medida. Sigue siendo exactamente igual de hostil el lunes después de la evaluación que el domingo anterior. Lo único que cambia es que, por fin, entiendes por qué llevas toda la vida agotada de vivir en un sitio que no está construido pensando en ti.

Nadie se pone una etiqueta para sufrir más. Se la pone para dejar de creer que el sufrimiento era un defecto de carácter.

Por qué la miopía no es la comparación correcta

El ejemplo que más se usa para explicar esto a quien no lo entiende es el de la miopía: tienes una característica, le pones nombre, y eso te ayuda a ponerle remedio. Está bien como punto de partida, pero se queda corto, porque la miopía se corrige. Te pones las gafas y ves perfectamente. Se acabó el problema.

Las altas capacidades no se corrigen, porque no son un fallo que arreglar. Y ahí es donde la endometriosis explica mejor lo que de verdad pasa: hay diagnósticos que no cambian nada de lo que sientes, no eliminan la dificultad, no hacen que el mundo se ajuste a ti. Lo único que hacen es darte un mapa de un territorio que ya estabas atravesando a ciegas. Y un mapa no es un premio. Es, como mínimo, la posibilidad de dejar de culparte por perderte en un camino que nunca fue fácil para nadie con tu forma de andar.

La compasión que sí se da, y la que no

Aquí está la parte que más rabia me da, y también la más reveladora.

Si tienes una diversidad que se ve, que impide hablar, caminar, o que se asocia culturalmente con la discapacidad intelectual, sueles recibir compasión. A veces auténtica. A veces, seamos honestas, una compasión que sirve más para que quien la da se sienta bien consigo mismo que para ayudarte realmente a ti. Pero al menos existe.

Si tu diversidad no se ve, si además va acompañada de la palabra «capacidades» en vez de «discapacidad», lo que recibes suele ser justo lo contrario: que dejes de quejarte, que no necesitas ninguna etiqueta, que suena a excusa. Es una paradoja tan absurda que casi da risa, si no doliera tanto: cuanto más «capaz» suena tu diagnóstico, menos derecho pareces tener a estar cansada de él. Y así, muchas terminamos aprendiendo a escondernos incluso la propia fatiga, no solo la diferencia.

Lo que te dejo

No nos ponemos ninguna medalla. Nos ponemos, si acaso, un mapa. Uno que no arregla el territorio, que sigue siendo tan hostil como siempre, pero que por fin explica por qué llevábamos toda la vida agotadas de recorrerlo sin saber que no era culpa nuestra. Y eso, aunque no cure nada, es ya suficiente para empezar a reescribir la propia historia desde un lugar más amable.

Y si alguna vez alguien que quieres te dice que no entiende para qué necesitas esa etiqueta, quizás la próxima vez, en lugar de explicárselo otra vez con paciencia infinita, puedas simplemente preguntarle: ¿y tú, para qué necesitas las gafas si total, sabes que ves mal?

¿Y tú?

¿Te ha pasado que alguien te dijera que «no necesitas» identificarte, minimizando algo que a ti te cambió por dentro? Cuéntamelo en los comentarios.

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