«Las diferencias no son un problema. Son una información.»

Ayer un conocido me pidió que le diera algún like en su TikTok. Le dije que no lo uso, aunque tenga la cuenta, ya sabéis cómo es mi relación con las redes. Pero como me sigue en Instagram y quería ser agradecida, entré, y le dejé algún ❤️ y un comentario en una imagen suya con una frase inspiradora tipo «eres grande». Dos palabras. Ni siquiera un párrafo.

Ahí estuvo mi error, y me di cuenta enseguida: por seguir a la masa, por las prisas de ser amable, dejé de lado mi esencia y mi manera de vivir las redes sociales, de la que ya os hablé aquí.

Me arrepentí, y me quedé con la lección. Pero lo que vino después me hizo pensar en algo todavía más grande.

Él me respondió con el discurso de siempre: «nadie es más que nadie«. Como si un cumplido fuera una declaración de superioridad y no, ya sabes, un cumplido.

Me quedé pensando: ¿qué problema tiene la gente con admitir que alguien hace algo bien?

Y entonces até cabos con algo que llevo escuchando desde hace años, de mi pareja y de medio mundo a mi alrededor: hay que fluir, el ego está mal, todos somos iguales. La cantinela de siempre, con esa voz suave de quien acaba de salir de un retiro de fin de semana y ha vuelto con la verdad absoluta bajo el brazo.

El personaje que todos aplauden

¿Sabéis a quién me recuerda esta gente? A Johnny, el novio humano de Mavis en Hotel Transilvania. Ese personaje que suelta frases con aire de monje budista, hace ese movimiento ondulante con las manos como si estuviera surfeando el aire, y todo el mundo lo mira embobado como si acabara de resolver el sentido de la vida.

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Es un dibujo animado para niños de seis años, y aun así consigue resumir mejor que cualquier ensayo de autoayuda el mito que quiero desmontar hoy: la idea de que «fluir» y «no tener ego» son la cima evolutiva a la que todos deberíamos aspirar, y que cualquier otra forma de estar en el mundo (destacar, competir, alegrarte de algo que haces bien) es, por definición, un problema espiritual que hay que trabajar.

Es gracioso hasta que te das cuenta de que esta filosofía de manual también se cuela en conversaciones reales, con gente real, y empieza a hacer daño de verdad.

El mito de la igualdad

Vamos a decirlo claro, porque nadie parece atreverse: no todos somos iguales. Ni un poquito. Y no pasa nada.

Somos iguales en dignidad, en derechos, en el hecho básico de merecer respeto. Eso no está en discusión, y cualquiera que lo use como excusa para tratar mal a otro está haciendo trampa con las palabras.

Pero en capacidad, en forma de procesar el mundo, en intensidad, en lo que cada uno aporta, no somos iguales. Nunca lo hemos sido.

Y si de verdad creyéramos que todos somos iguales en todo, tendríamos un problema serio: significaría que un psicópata y una persona empática son lo mismo, o que alguien capaz de dañar a un niño y alguien que dedica su vida a protegerlos están al mismo nivel moral.

Nadie en su sano juicio defendería eso en voz alta. Y sin embargo, esa misma gente se pone nerviosa en cuanto alguien dice «esta persona hace esto mejor que la media» en un contexto completamente inofensivo, como un cumplido en TikTok.

Si de verdad todos fuéramos iguales, no tendríamos ni idea de a quién no acercarnos. Las diferencias no son el problema. Son una información.

Por qué asusta tanto admitir las diferencias

Aquí está, creo, la clave de todo esto. Admitir que hay diferencias reales entre las personas obliga a hacer algo mucho más incómodo que repetir «todos somos iguales»: obliga a mirar en qué lugar de esas diferencias estás tú. Y para mucha gente, eso da vértigo.

Es más fácil aplanarlo todo, decir que nadie destaca, que el ego es el enemigo, que fluir es la meta, porque así nadie tiene que hacer la pregunta incómoda de «¿y si yo no soy tan bueno en esto como pensaba, o tan bueno como esa otra persona?«.

A veces, el «buenismo» de las frases tipo Johnny no nace de la generosidad, sino de la incomodidad ante la comparación. Es mucho más cómodo declarar que las comparaciones no valen para nada, que admitir que a veces sí valen, y que el resultado no siempre te favorece.

Cuando esta filosofía se cuela en ti misma

Lo más irónico de todo esto es que yo, mientras escuchaba a mi conocido soltarme el discurso de la igualdad universal, estaba en pleno proceso de aprender algo completamente distinto: a aceptar un cumplido con un simple «gracias», sin devolverlo automáticamente, sin quitarle importancia, sin decir «bueno, no es para tanto».

El síndrome del impostor y el mito de «todos somos iguales» son primos hermanos. Los dos te empujan en la misma dirección: hacen que lo que has conseguido parezca más pequeño de lo que es, para que nadie (ni siquiera tú) tenga que admitir que hiciste algo bien.

Uno viene de fuera, en forma de discurso espiritual reciclado. El otro viene de dentro, en forma de duda automática. Pero el resultado es idéntico: te encoges.

Y quizás ese sea precisamente el problema: no nos enseñaron a ser iguales. Nos enseñaron a no hacer sentir inferiores a los demás, incluso cuando para ello tenemos que hacernos más pequeñas.
 
Pero una cosa es no sentirse superior. Otra muy distinta es sentirse obligada a desaparecer.

Lo que este mito le hace a una niña diferente

Lo digo por experiencia propia, no por teoría. Cuando eres una niña con altas capacidades y sientes, desde muy pequeña, que procesas el mundo de una manera distinta a la de tus compañeros de clase, lo último que necesitas escuchar es «todos somos iguales, no te creas especial«. Porque tú no te lo estás creyendo. Lo estás viviendo, cada día, en la distancia entre cómo te sientes por dentro y cómo se supone que deberías encajar por fuera.

Cuando a esa niña nadie le pone nombre a la diferencia, cuando en cambio se le repite que somos todos iguales, el mensaje que le llega no es de igualdad. Es de confusión. Porque si todos somos iguales y ella no encaja, solo puede sacar una conclusión: el problema está en ella. No en el mundo, no en el hecho de que su forma de funcionar sea minoritaria. En ella.

Esa conclusión, sostenida durante años sin que nadie la corrija, es la que después cuesta tanto desmontar de adultas.

Por eso hablábamos hace poco de la identificación tardía y de por qué ponerle nombre a la diferencia no es una etiqueta que nos inventamos por capricho, sino justo lo contrario de este mito: es lo único que, después de años de «todos somos iguales», te devuelve la certeza de que no estabas rota. Solo eras distinta, y nadie te lo había dicho.

Tienes derecho a estar aquí, aunque el mundo no esté hecho para ti

Y aquí quiero llegar al punto de fondo, porque no es solo sobre cumplidos en TikTok. Admitir las diferencias, con todo lo incómodo que resulta para quien las escucha, es también lo que te permite dejar de sentirte rota.

Si nadie fuera diferente a nadie, cualquier dificultad que sintieras encajando en el mundo sería, por definición, culpa tuya: si todos somos iguales y tú no encajas, el problema solo puede estar en ti.

Pero si admites que las diferencias existen (que hay formas de procesar, de sentir, de funcionar, que son minoritarias y por tanto no han sido tenidas en cuenta al diseñar prácticamente nada de lo que nos rodea) entonces la pregunta cambia. Ya no es «¿qué me pasa?«. Es «¿para quién está diseñado esto, y qué pasa si yo no soy esa persona?«

Tienes derecho a estar en este mundo exactamente como eres, aunque el mundo, evidentemente, no se diseñó pensando en ti. Y tienes derecho, también, a que alguien te diga «eres grande» sin que un tercero se sienta obligado a recordarte que nadie es más que nadie.

Lo que te dejo

No hace falta fingir que las diferencias no existen para poder convivir en paz.

Al contrario: reconocerlas puede ayudarnos a entender por qué ciertas cosas nos han costado más que a los demás, y por qué otras nos salen de una manera en que a nadie más le salen igual.

No tienes que ser mejor que nadie.
Pero tampoco tienes que hacerte más pequeña para demostrar que no lo eres.

Puedes ser buena.
Puedes ser brillante.
Puedes tener un talento que otros no tienen.
Puedes ser intensa, rápida, creativa, complicada, diferente.

Incluso puedes sentirte orgullosa de algo que has hecho bien.

Y decir simplemente: gracias.

Sin explicaciones.
Sin empequeñecerte.
Sin convertir cada diferencia en una carrera que alguien tenga que ganar por obligación.

Sin hacer ese gesto con las manos. 🫳🫴 😂

No tienes que ser igual a todos para merecer estar en el mundo.
Y sobre todo, no tienes que apagar tu luz para demostrar que no quieres brillar más que nadie.

¿Y tú?

¿Te ha pasado alguna vez que un cumplido incomodara a alguien más que a ti misma? ¿O que te costara aceptarlo? Cuéntamelo en los comentarios.

Este espacio también existe para esto.

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