No toda la envidia entre mujeres es envidia
Ya hablamos de ello en otro artículo: esa sensación de ser compadecida por una mujer que, detrás de un tono apenado, esconde algo muy distinto.
Hoy quiero mirar el otro lado de la misma moneda: qué pasa cuando la que siente esa punzada, ante el éxito de otra mujer, eres tú.
Cuando una mujer que conoces empieza a brillar, puedes alegrarte por ella. Y, al mismo tiempo, sentir algo parecido a un malestar. Las dos cosas pueden convivir, y no hay nada de lo que avergonzarse en ello. Pero antes de hablar de envidia, merece la pena hacer una distinción que a menudo se pierde.
No siempre es envidia. A veces es justicia que falta
Hay una punzada que no tiene nada que ver con la envidia, aunque se le parezca. Es la que sientes cuando ves a alguien llegar adonde quería llegar, pero sabes, con certeza, que ha llegado por vías que nada tienen que ver con el mérito: una recomendación, un atajo, venderse a sí misma, simple suerte en el momento justo. Esa punzada no es envidia. Es tu sentido de la justicia avisándote de que hay una historia que no cuadra, y no necesita que la desmontes ni que la rebautices como un problema tuyo.
La envidia de la que merece la pena hablar es otra. Es la que sientes, y quizás te cuesta admitirlo, ante un éxito que reconoces como plenamente merecido. Esa en la que la alegría sincera por la otra convive, en el mismo momento, con una punzada que habla de algo tuyo.
Esa es la punzada que merece ser mirada de cerca, porque rara vez tiene que ver con ella.
Cuando el éxito merecido de otra duele, y está bien
Ante esa punzada, puedes pensar «¿por qué ella sí?», «¿y yo cuándo?», «¿qué estoy haciendo mal?», y no hay nada de lo que avergonzarse en esos pensamientos. Pero hay una diferencia enorme entre dos frases que parecen iguales y no lo son en absoluto: «su éxito me duele» y «su éxito no debería existir».
La primera frase habla de quien la pronuncia. Cuenta una herida, un deseo, una comparación que cuesta. Es incómoda, pero honesta, y sobre todo no hace daño a nadie salvo a quien la siente.
La segunda frase empieza a herir a otra persona. Convierte ese dolor en un juicio sobre ella, en una necesidad de empequeñecerla para sentirse menos pequeña. Y es justo en ese paso, de «me duele» a «no debería existir», donde la envidia deja de ser una información valiosa sobre una misma y se convierte en un daño hacia otra mujer.
Qué está iluminando esa punzada
Muchas veces no es con quien vuela con quien una se enfada. Una se enfada porque ese vuelo recuerda que dejó de volar. El éxito merecido de otra mujer puede reabrir un deseo acallado, un sueño aplazado tantas veces que casi se había olvidado, una parte de una misma arrinconada por cansancio o por miedo.
Esa punzada, si una la mira de verdad, rara vez habla de ella. Habla de algo que todavía pide espacio.
La tentación de apagar su luz
Y es aquí donde llega la tentación que muchas mujeres conocen bien: empequeñecerla, buscarle un defecto, decir que ha tenido suerte aunque no sea verdad, explicarse por qué en el fondo no es tan especial. Lo que sea, con tal de no sentir esa punzada ni un minuto más.
En 1973, los psicólogos Graham Staines, Carol Tavris y Toby Jayaratne describieron este mecanismo con un término que se hizo célebre: «síndrome de la abeja reina«, para referirse a las mujeres que llegaban a puestos de autoridad y trataban a las demás mujeres con más dureza, negándose a apoyar su crecimiento. Durante décadas se leyó como un defecto de carácter femenino.
Después, la psicóloga social Naomi Ellemers demostró, con una investigación realizada en los Países Bajos, que las mujeres con estos comportamientos más marcados eran precisamente las que habían sufrido los niveles más altos de discriminación de género en su propia carrera. No una índole competitiva. Un mecanismo de defensa, aprendido en un sistema que enseñó a demasiadas mujeres que solo había sitio para una.
Una no se enfada con quien vuela. Se enfada porque ese vuelo le recuerda que dejó de volar.
Dejar de medirse es un acto de crecimiento, no de resignación
Entender la raíz de este mecanismo no significa quedarse dentro de él para siempre, ni usarlo como excusa cómoda cada vez que esa punzada se hace notar. Significa reconocerla, nombrarla y, después, elegir conscientemente no convertirla en un juicio sobre otra mujer.
Porque su éxito no es una clasificación. Su libro no hace menos importante el tuyo. Su talento no borra el tuyo. Su momento no significa que el tuyo haya terminado. Y cuando dejas de medir tu valor con el de los demás, por fin puedes aplaudir sin sentirte derrotada. Puedes decir «me alegro por ti» sin añadir mentalmente «aunque yo siga aquí».
Quizás la parte más difícil sea justo esta: aprender a mirar a una mujer que vuela sin preguntarte de inmediato por qué tú sigues en tierra. Puedes alegrarte por ella. Y después volver a ocuparte de tu propio vuelo.
Lo que te dejo
Su luz no te quita espacio. Y si te molesta, no tienes por qué apagarla, ni a ella ni esa punzada que sientes. Quizás solo necesitas entender qué está iluminando dentro de ti: un deseo aplazado, una parte que habías acallado, un camino que todavía no te has atrevido a retomar.
La envidia entre mujeres no es una ley de la naturaleza, pero tampoco es solo culpa del sistema: también es una invitación, todo lo incómoda que quieras, a volver a ocuparte de tu propio vuelo.
¿Y tú?
¿Te ha pasado alguna vez sentir esa punzada al ver brillar a otra mujer y comprender después que no hablaba de ella? ¿Qué estaba iluminando dentro de ti? Cuéntamelo en los comentarios.
Este espacio también existe para esto.


Italiano

