«Durante demasiado tiempo pensé que el problema era mi intensidad. Ahora empiezo a sospechar que el problema era que estaba rodeada de personas que solo sabían quererme cuando estaba callada.»

Si no me lees es porque sabes que estoy hablando de ti…

Después de tantos años intentando no incomodar a nadie, estoy cansada de hacerme pequeña para que los demás puedan sentirse cómodos.

No voy a nombrarte. No hace falta.

Si estás leyendo esto y de repente has sentido esa pequeña incomodidad que aparece cuando alguien dice algo que preferirías no escuchar, quizá ya sabes por qué.

No estoy hablando de ti porque quiera atacarte.

Estoy hablando de mí.

De la mujer que durante demasiado tiempo aprendió a medir sus palabras, sus emociones, sus reacciones, sus entusiasmos y hasta su manera de enfadarse.

La mujer que aprendió que había emociones que podían expresarse y otras que había que administrar cuidadosamente para no provocar un terremoto alrededor.

La que podía escuchar durante horas lo que los demás sentían, pensaban, necesitaban y reclamaban.

Pero cuando ella finalmente decía «esto me duele», llegaba el juicio.

«Exageras.» «Estás demasiado sensible.» «No era para tanto.» «Siempre tienes que llevarlo todo al extremo.» «Lo estás interpretando mal.»

Y poco a poco empiezas a hacer algo muy peligroso: dejas de confiar en tu propia percepción.

La invisibilidad no siempre consiste en que nadie te vea

A veces consiste en que te ven, pero solo aceptan la versión de ti que no les incomoda.

La que escucha, la que comprende, la que relativiza, la que perdona. La que intenta entender el contexto de todo el mundo. La que piensa antes de hablar… La que se pregunta si quizá está exagerando.

La que, incluso cuando está herida, se pregunta: «¿pero estoy siendo injusta?»

Y mientras tanto, otras personas pueden enfadarse, levantar la voz, decir cosas hirientes, hacer dramas, interpretar mal tus palabras o comportarse de maneras que jamás tolerarían de ti.

Porque hay personas a las que se les permite tener carácter. Y hay personas a las que se les exige tener autocontrol.

Lo curioso es que cuando ellos tienen carácter, «son así». Cuando lo tengo yo, hay que hacer una reunión de emergencia.

Pero debajo del humor hay algo bastante doloroso. Porque cuando pasas años recibiendo el mensaje de que tus emociones son excesivas, terminas convirtiéndote en tu propia censora.

Y quizá esa sea una de las formas más sofisticadas de invisibilidad: que ya ni siquiera necesiten callarte, porque has aprendido a callarte sola.

Lo que descubrir mis altas capacidades cambió

Quizá por eso descubrir mis altas capacidades no fue solamente descubrir que mi cerebro funcionaba de otra manera. Fue empezar a preguntarme cuántas cosas que había considerado defectos eran, en realidad, características mías que nunca había aprendido a comprender.

Mi intensidad, mi manera de percibir, la cantidad de conexiones que hago, lo mucho que siento, lo mucho que pienso… Lo poco que me sirve fingir que algo no me afecta cuando sí me afecta. Y también esa necesidad casi física de decir las cosas cuando ya no puedo seguir tragándomelas.

Lo que te dejo

Ya no quiero ser invisible.

No quiero aprender a expresarme menos para resultar más cómoda.

No quiero pedir perdón cada vez que una emoción mía ocupa demasiado espacio.

No quiero convertir cada reacción en un juicio sobre mi personalidad.

No quiero seguir preguntándome si estoy exagerando antes de preguntarme qué me ha pasado.

Y tampoco quiero convertirme en una persona que no soy para demostrar que soy «fácil de llevar».

Quiero aprender otra cosa: a distinguir entre ser responsable de lo que hago y ser responsable de cómo los demás se sienten cuando finalmente dejo de callarme. Porque no es lo mismo.

Poner límites no es atacar. Expresar una emoción no es hacer un drama. Tener carácter no es ser una mala persona. Y ser intensa no significa estar equivocada.

Así que sí. Si no me lees porque sabes que estoy hablando de ti, probablemente tengas razón.

Pero esta vez no voy a callarme para que puedas estar cómodo.

Esta vez estoy hablando de mí. Y quizá, por primera vez, eso sea suficiente.

¿Y tú?

¿Te reconoces en esta mujer que aprendió a censurarse sola? ¿Cuándo empezaste (o cuándo vas a empezar) a dejar de hacerlo? Cuéntamelo en los comentarios. Aquí no hace falta que te justifiques.

Este espacio también existe para esto.

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