
«El perfeccionismo no era amor por las cosas bien hechas. Era miedo a que descubrieran quién era.»
Durante años viví convencida de que mi nivel de exigencia era simplemente un rasgo de mi carácter, una búsqueda inocente de la excelencia. No sabía que lo que me gobernaba por dentro era la manifestación más nítida del perfeccionismo en las altas capacidades, esa necesidad invisible y agotadora de controlar cada arista de la realidad para sentirnos seguras. Revisaba un correo diez veces antes de presionar el botón de enviar, corregía un dibujo o un amigurumi cuando ya estaba técnicamente terminado, y reescribía párrafos enteros porque una palabra no sonaba exactamente con la frecuencia que yo quería. Posponía proyectos durante meses, a veces años, autoconvenciéndome de que solo esperaba el momento perfecto. Creía, con una ingenuidad casi conmovedora, que buscaba la excelencia.
Hoy, tras mirar de frente mis propias rayas, sospecho que buscaba algo muy diferente: buscaba, desesperadamente, no equivocarme jamás. Buscaba no dar un solo motivo para que alguien mirara de cerca y descubriera que, en realidad, siempre me había sentido una extraña.
Con el tiempo he comprendido que muchas mujeres Cebra no intentamos hacerlo todo perfecto por orgullo o por una ambición desmedida. Lo hacemos porque nuestro sistema nervioso ha interiorizado que equivocarse tiene un precio demasiado alto: llamar la atención de la manada.
Cuando has pasado toda tu existencia haciendo esfuerzos sobrehumanos por parecer «normal» e integrarte, cualquier microerror académico, laboral o relacional se experimenta en el cuerpo como una grieta fatal en la máscara de supervivencia.
El perfeccionismo como estrategia de supervivencia
Existe una idea muy extendida en los manuales de psicología y en los entornos escolares: se dice que las personas con altas capacidades son perfeccionistas porque tienen una motivación intrínseca por destacar y sobresalir.
Mi experiencia, sin embargo, ha sido justo la contraria.
Yo no quería destacar… Yo quería desaparecer.
Anhelaba ser tan correcta, tan eficiente y tan impecablemente funcional que nadie se detuviera a examinar esa sensación permanente de no encajar que me acompañaba desde la infancia.
Muchas niñas con altas capacidades aprenden muy pronto este arte del camuflaje social o masking. Observamos el entorno como antropólogas natas y adaptamos el comportamiento para garantizar la aceptación: sonreímos cuando toca, hablamos muchísimo menos de lo que realmente estamos pensando, ocultamos nuestra intensidad y disimulamos el aburrimiento crónico en clase. Nos convertimos en las alumnas responsables que jamás dan problemas. El problema invisible es que sostener este personaje perfecto consume una cantidad inmensa de energía psíquica, y llega un día en la adultez, a menudo con la llegada de la maternidad intensa, en que ya no recuerdas quién eres debajo de tanto esfuerzo por agradar.
No era búsqueda de la excelencia. Era miedo puro.
La investigadora Brené Brown explica con lucidez que el perfeccionismo no nace del deseo genuino de mejorar, sino del miedo al juicio, a la crítica y a la vergüenza.
Es una armadura pesada que nos ponemos para evitar el dolor. Las mujeres Cebra reconocemos ese lugar de inmediato: no buscamos una calificación perfecta por el placer del éxito, buscamos la certeza imposible de que, si no hay fallos, nadie podrá rechazarnos.
Por eso nos cuesta tanto lanzar nuestras iniciativas, mostrar un proyecto, cambiar de rumbo profesional o dar luz a ese libro que llevamos dentro. No estamos esperando el momento perfecto; estamos esperando la seguridad interna de sentirnos suficientes, ignorando que ese día, bajo la lógica de la exigencia, nunca llega.
El precio invisible de la armadura

A veces, cuando el ruido mental se calma, me pregunto cuántas cosas dejé morir en el tintero por miedo a no hacerlas de forma impecable.
Pienso en los libros que no escribí, las ideas que sepulté en libretas, las formaciones que no me atreví a impartir o las ilustraciones que jamás salieron de mi cajón por miedo al escrutinio ajeno.
Creía erróneamente que el perfeccionismo era el guardián de mi talento, cuando en realidad solo era el carcelero que protegía mi miedo. Y mientras yo intentaba pulir cada arista para no cometer errores, la vida real seguía pasando de largo.
Quizá la respuesta no sea hacerlo mejor ni esforzarte el doble para demostrar que mereces tu espacio. Quizá solo necesites dejar de esperar un permiso exterior que nunca va a llegar.
Necesitamos aceptar, con una mezcla de vértigo y alivio, que siempre habrá alguien a quien no le guste lo que creamos; que siempre existirá una frase mejor escrita, un dibujo más armónico o una versión de nosotras más óptima. Y aun así, con toda esa imperfección a cuestas, decidir mostrarnos.
La autenticidad descarnada siempre será más valiosa y reparadora que la perfección fría.
El mundo ya está saturado de moldes impecables; lo que necesita con urgencia son mujeres Cebra que se atrevan a habitar su intensidad y a ocupar, finalmente, el espacio que llevan toda la vida intentando merecer.
El perfeccionismo nunca fue amor por la belleza; fue la forma más sofisticada que encontramos para esconder nuestras rayas.
Y quizá hoy, al cerrar esta pestaña del blog, sea un día tan bueno como cualquier otro para empezar a desnudarnos de ella.


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