«Cuando creces sintiendo que la primera mirada siempre encuentra lo que falta, acabas haciendo lo mismo contigo.»

Hay momentos en los que entiendes algo de tu infancia gracias a un gesto aparentemente insignificante.

Hace unos días le regalé a mi hija un torno para trabajar la arcilla. Llevaba meses soñando con él. Cuando llegó, se sentó delante con una concentración absoluta. Las manos llenas de barro. El ceño fruncido, como si el mundo hubiera dejado de existir. Esa expresión de quien está completamente inmerso en lo que hace.

Grabé un vídeo y se lo envié a mi padre.

Su primera respuesta fue:

«Tiene que poner la arcilla en el centro o, si no, se sale.»

Y sentí un pinchazo.

No porque técnicamente no tuviera razón.

Sino porque, una vez más, la mirada fue primero al error y no a la ilusión.

El precio de tener que demostrarlo siempre

Entonces recordé algo.

De pequeña hice kárate durante muchos años. Era mi vida. Competía, ganaba campeonatos. Llegué a formar parte de la selección regional. Vivía un momento de éxito.

Y, sin embargo, un día lo dejé.

No porque hubiera perdido.

Lo dejé porque ya no era mío.

Se había convertido en una demostración constante. Mi padre se hizo árbitro y maestro. Sin querer, cada combate dejó de ser un juego para convertirse en una prueba de que tenía que estar a la altura.

El kárate seguía siendo precioso… Pero había dejado de pertenecerme.

No porque hubiera perdido. Lo dejé porque ya no era mío.

Y entendí algo que me ha acompañado durante años.

Publicas un libro… y piensas en lo que podría estar mejor.

Consigues un logro… y ya estás pensando en el siguiente.

Nunca parece suficiente.

Nunca llegas del todo.

El cenicero de Maya

Ese mismo día, Maya me regaló su primera creación de arcilla.

Me la dio un poco avergonzada.

«No es una maceta bonita…»

La miré y le respondí: «¿Una maceta? ¡Para mí es un cenicero perfecto!»

Se le iluminó la cara.

Lo pintó con muchísimo cariño y, antes de dármelo, estampó sus pequeñas huellas sobre él.

Entonces entendí que, sin darme cuenta, estaba intentando romper una cadena.

Mi padre veía primero la arcilla descentrada.

Yo vi unas manos disfrutando.

Él veía el resultado.

Yo quería proteger el proceso.

No porque el resultado no importe, sino porque ningún niño debería sentir que vale únicamente cuando hace las cosas bien.

Hoy ese pequeño cenicero está en mi casa. No porque sea perfecto (aunque para mi lo es) sino porque, cada vez que lo miro, me recuerda algo mucho más importante.

La creatividad necesita una mirada segura antes que una mirada crítica.

Lo que tantas mujeres gifted hemos echado de menos

Y quizás eso sea también lo que tantas mujeres gifted hemos echado de menos durante años.

No necesitábamos que nos enseñaran antes cómo centrar la arcilla.

Necesitábamos que alguien dijera:

«Qué bonito es verte disfrutar mientras aprendes.»

Hay una diferencia enorme entre dos formas de mirar a una niña que baila, hace kárate o moldea arcilla. Una mirada piensa: «qué bien lo hace, si se esfuerza puede llegar lejos». La otra piensa: «mírala, cuando lo hace se le ilumina la cara». La primera evalúa el rendimiento. La segunda mira la vida que hay dentro del gesto.

A muchas de nosotras nos criaron con la primera mirada. Aprendimos, sin que nadie nos lo dijera nunca con esas palabras, que destacar significaba dejar de pertenecernos: que en el momento en que algo se nos daba bien, ese algo dejaba de ser nuestro para convertirse en algo que había que demostrar, sostener, repetir cada vez mejor. Y así, sin darnos cuenta, empezamos a mirarnos también a nosotras mismas con esa primera mirada. La que busca el fallo antes que la alegría.

Por eso, cuando de adultas conseguimos algo (un ascenso, un libro, un reconocimiento) hay una parte de nosotras que en vez de disfrutarlo, se pregunta inmediatamente si estará a la altura de seguir demostrándolo. No es ambición. Es una asociación aprendida muy pronto: brillar tiene un precio, y ese precio es dejar de ser libres dentro de lo que hacemos.

Porque hay una frase que quiero que mi hija recuerde toda la vida.

Y, si soy sincera, también necesito recordármela a mí misma cada vez que escribo un libro, empiezo un proyecto o me atrevo a brillar.

Antes que el resultado… siempre estás tú.

¿Y tú?

¿Recuerdas un momento en el que la primera mirada, la tuya o la de alguien más, fue directa al fallo en lugar de a la ilusión? ¿Cómo te ha marcado? Cuéntamelo en los comentarios.

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